Soñar no cuesta nada

Soñar no cuesta nada

06 Agosto 2020

¿Pensamos en nuestro futuro?, ¿Soñamos con él?, ¿tenemos claro como sociedad a dónde vamos o por lo menos a dónde quisiéramos ir?

Juan Fernando Yañez >
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No todos los días nos damos la oportunidad de reflexionar sobre lo bueno y lo bello, pues usualmente la vida nos envuelve en los desafíos cotidianos de la existencia, o peor aún, en las angustias permanentes de la subsistencia. Obligados al realismo y al apego constante al presente, hemos dedicado nuestros propósitos de futuro sólo a las causas más urgentes, a aquellas históricamente postergadas y a las que nuestra propia contemporaneidad nos impone. Causas justas, sí, pero ¿y los sueños?, ¿los anhelos?, ¿acaso nos detenemos a compartir ideales y a proponer ilusiones de largo plazo que nos permitan trazar nuevos rumbos?

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Las realidades se construyen sobre hechos, experiencias, voluntades, sobre los conocimientos adquiridos y sobre las equivocaciones cometidas. Así vamos acumulando retazo a retazo la linealidad histórica de nuestro pasado que decanta por un instante en nuestro presente. Pero, insisto ¿y nuestro futuro?, ¿Soñamos con él?, ¿tenemos claro como sociedad a dónde vamos o por lo menos a dónde quisiéramos ir?, ¿o mantenemos la lógica del proceso accidental en que sólo nos preocupamos por la inmediatez y la repercusión instantánea de nuestras acciones? Tal vez como individuos sí nos detenemos a soñar, pues es inherente al ser humano esto de aspirar y proyectarse. Mi duda y preocupación es si como comunidad lo hacemos, o si acaso tendremos tal capacidad, de dibujar la utopía de un sueño común.

Reflexiones desde la experiencia personal: Hace cinco años tuve la oportunidad y privilegio de ser contactado y entrevistado por Alejandro “el pollo” Fernández, quien andaba recorriendo Chile en una combi desde Puerto Williams hasta Visviri con su precioso proyecto: La Ruta de la Felicidad.

Hoy aún agradezco ese bello y fugaz instante para detenernos un poco, mirar atrás y alrededor, y soñar el futuro desde una simple pregunta: ¿qué es para ti la felicidad?, lo cual nos permite o continuar caminos que inconscientemente recorremos, o enderezar los rumbos con propósitos más claros. ¿Nos hemos hecho esa pregunta? Aprovecho esta columna y tu atención, y ahora yo te pregunto, ¿Qué es para ti la felicidad?, y en consecuencia, ¿eres feliz?, o ¿estás avanzando en esa dirección?, pero ante todo ¿cómo afecta tu camino a quienes te rodean? Especialmente esto último considerando lo imperativo de desvestirnos del individualismo egoísta que como sociedad moderna nos caracteriza. Lo hemos mencionado antes. Comprendamos nuestro bienestar individual (y felicidad tal vez) desde afuera, a partir de lo común, lo colectivo, desde el otro, y a partir de lo simple, lo fundamental, sin enfoques superfluos o baladíes.

También tuve la oportunidad de conducir por 6 gratificantes años el programa radial “Adónde vas Chiloé – un espacio del Colegio de Arquitectos” (suspendido actualmente por la pandemia), cuyo lindo nombre fue excusa ideal para sentarnos a conversar con más de 300 invitados en torno a los más diversos temas, pero siempre enfocados en soñar, en pensarnos a futuro y con la consciencia de dónde venimos, preguntarnos a dónde vamos, o por lo menos, a dónde nos gustaría ir.

Sabemos que no podemos restarnos del compromiso que nos corresponde hoy de hacernos parte activa y propositiva de nuestra realidad; no podemos ni debemos delegar en otros lo que es tarea común y en la que cada uno juega (o debiese jugar) un papel fundamental. Pero para actuar, desde lo bueno y lo bello, es necesario seguir soñando.

Hoy la invitación es a tal reflexión. Por ejemplo, cuando los arquitectos nos referimos a la planificación del territorio (que en la triste realidad es sólo de las ciudades) lo hacemos con esa necesaria visión de futuro. No se planifica para el corto plazo, pues las medidas no son de efecto inmediato, pero si bien se hace desde lo verdaderamente posible y desde la conservación de la esencia e identidad de un lugar, lo motiva la ambición y las claras intenciones de nuevas y mejores realidades. Una de las grandes emociones de la arquitectura es que, desde el mundo etéreo de las ideas, con arduo trabajo, con conversaciones y acuerdos, con la suma de conocimientos, experiencias, talentos y también con intuición, se materializan sueños y se construyen espacios para albergar vida, historias, recuerdos.

¿Y si entre todos nos ponemos en la tarea de materializar ese sueño común de nuevas y mejores realidades? Empecemos, demos ese primer paso pues como dicen - así le hayamos puesto precio a todo cuanto nos rodea - “soñar no cuesta nada”. Como sociedad, planifiquemos nuestra propia ruta de la felicidad, dibujemos nuestro propio futuro, imaginemos no sólo escenarios probables sino aquellos aparentemente imposibles, que si existe un derecho que no nos pueden distorsionar ni arrebatar es el de soñar.