Aprender a morir y aceptar la vulnerabilidad en nosotros

Aprender a morir y aceptar la vulnerabilidad en nosotros

28 Mayo 2020

“Aquello que llamamos ‘yo’ es solamente una puerta que se abre y se cierra, cuando inspiramos y exhalamos” (Del libro “Mente zen, mente de principiante” S. Suzuki )

Rafael Salgado >
authenticated user Corresponsal Corresponsal Ciudadano

Todos nosotros nos iremos en una simple y última exhalación de este mundo, eso es inevitable. Un querido amigo y profesor golpea en plena meditación con estas palabras: “no den por sentado su próxima respiración, sino sabemos cuándo será manténganse contemplándola por unos momentos en este misterio”.

En estos momentos mientras escribo, mientras estoy dándome cuenta de las ideas que surgen, y si bien apenas intento tomar el momento, este ya pasó. Así de frágil, así de intenso. Como decía el practicante de meditación y gran científico Francisco Varela poco antes de morir de cáncer mientras su esposa lo debía apoyar para mantenerse sentado: “es tan frágil la vida, y tan inmenso el momento”. Quisiera poner en evidencia aquí en medio de una sociedad de consumo y materialista el hecho de que la caducidad de la experiencia presente, en vez de sabiduría, podría decirse que estimula la exaltación del deseo y de lo que yo omnipotentemente puedo o quiero comprar con mi dinero y mi “libertad”. Me pregunto: ¿Qué tipo libertad es esa? ¿Existe un detenerse de verdad al estar en casa, confinados? Incluso en tiempos de pandemia parece que consumimos ahora más webinars, más Gigas, soluciones rápidas, más certezas. Si la sociedad se vuelve líquida como señala Bauman, promoviendo el consumo individual y fragmentando el tejido social, ahora se vuelve aún incierto el panorama.

Ante esto se asoma la vulnerabilidad máxima ¿Quién está hablando o preparándose para la muerte? ¿No serán muchas de estas formas de comprar y vivir, reacciones a la angustia? Es quizás esta angustia -del alemán “Angst” que viene de estrechez- una angostura que se expresa en la garganta cuando nos asomamos a este misterio. Me pregunto ¿No es sino esta angustia un síntoma más existencial que patológico, de lo que surge en el sentir al tener que asomarse por la estrechez de la muerte? No una muerte mañana, la de algún momento más allá. Sino la muerte de este preciso momento. Y si bien sucede todo esto, hay otra mente que puede en el fondo darse cuenta de todo esto. Es tan evidente que no reparamos en ella. Existe una mente que puede darse cuenta de este pensamiento, ahora. Sólo que no es la mente discursiva, lógica a la que nos identificamos tanto. Es el mismo salto de Descartes aunque no las mismas conclusiones posteriores, es tremendo el salto: “puedo dudar de todo lo que surja en mi experiencia, de mi sentir, de mi pensar de todo. Solo que de lo que no puedo dudar… ¡es de que estoy dudando en este momento! Esto es algo único. Una certeza. No es el pensamiento intelectual al que nos referimos aquí. Con esa mente, podríamos atravesar la muerte, aunque debiésemos conocerla antes de morir según algunas tradiciones de Oriente. Saber morir antes de morir.    

¿Qué es este “Yo” frente a la muerte? Un silencio. La imposición heroica de muchos aspectos en occidente del Yo frente a la muerte permite al igual que los héroes de la antigua Grecia, un morir para poder seguir siendo Yo: la eternidad se conseguía con la fama en la Grecia Dorada. Hoy la ciencia, en su notable avance toca un límite peligroso: la exaltación del yo, del control de la técnica ofreciendo medicamentos contra la más temible enfermedad: la vejez y la muerte. Ambos se nos muestran. Buscamos solo seguridad, referencias conocidas, conservar ser los mismos que antes de la pandemia, conservar nuestros estilos de vida, trabajos y familias. Eso está bien. Necesitamos sentirnos protegidos, sólo que muchas veces nos puede condicionar aún más. A pensar sólo desde una cierta lógica de consumo. Se intenta mostrar entonces una perspectiva que permita transformar este sufrimiento o desesperación en libertad y posibilidad.

Leyendo al filósofo coreano Byung-Chul Han, nos comenta acerca de nuestra posición en Occidente: “Se busca un engrandecimiento de ‘sí mismo’, en cierto modo se hace crecer al yo contra la muerte, que es ‘mi’ muerte, al cual pone fin al yo”. Y reflexiona que otra percepción de la mortalidad es aquel “despertar a la caducidad”, del gran maestro zen, Dogen. Aquí el yo ‘se deja’ perecer desde su visión y despierta así a un desprendimiento, una libertad para la muerte. Me recuerda la imagen del film: “La muerte de un maestro del Té”, en donde los samuráis antes de ir a la guerra bebían de la ceremonia de un maestro del té. Una ceremonia de tan profundo presente y estar ahí, de tal solemnidad y sobriedad que los preparaba para la vida, o para la muerte. Una inclinación y seguir. Cómo un ciprés en presencia de un funeral. Expresa lo inmortal en su forma, no siendo eterno. Nace para morir y muere para nacer, como un vivo recuerdo presente de que la muerte tan sólo nos despierta de este sueño, de la obviedad y automatismo cotidiano.

No podemos ser libres si rechazamos una parte de nosotros. Aceptar el miedo, la vulnerabilidad que hay en ella, es de quien se atreve a sentir y poder seguir ahí. En la película japonesa “La vida del maestro Dogen”, surge un hermoso diálogo entre el maestro y un emperador de Japón que se convierte en su discípulo y le ofrece expandir su enseñanza y fundar el templo más grande jamás visto para el Zen en Japón. Dogen rechaza la propuesta, no se deja seducir y luego le dice que debe regresar a su pequeño templo en la montaña con sus discípulos.

“Si haces mal cosecharas el mal. Si haces el bien cosecharás bondad. Cuando la muerte se aproxime, ni el poder político, ni aquellos que amas, ni la gran fortuna, serán capaces de salvarte. Para morir debes estar solo… todo lo que te acompañará es lo que hiciste en vida, eso y nada más”. (Dogen)

¿A qué lugar irían en su propio cuerpo y en su sentir cuando venga la muerte a su encuentro?