Minorías versus Discriminación
Columna de Opinión de Marcela Mansilla Beyer, Profesora de Diferencial en Escuela de Educación UST Puerto Montt
Entreverada en una conversación sobre los liceos que aun están en toma, me sorprendí dolorosamente debido a los calificativos que utilizan algunas personas para referirse a los estudiantes que mantienen su posición por lo que creen justo, calificándolos de “flaites que no aportan nada, ni siquiera pagan impuestos y más encima hay que hacerles caso a estas minorías”. Frases que me obligan a reflexionar: ¿Por qué habría que hacerle caso a las minorías?
Cuando hablamos de minorías, no sabemos a qué nos podemos estar refiriendo, ni menos sabemos a quién podemos estar incluyendo dentro de tales “Minorías”. Debemos tener mucho cuidado de las conceptualizaciones que utilizamos en nuestro discurso…muchas veces solo refleja lo ignorantes que podemos ser.
Solo para clarificar, el término minoría se refiere a un grupo de la población reducido, con creencias y costumbres que permite identificar a sus miembros entre las personas de la comunidad a la que pertenecen. Hay minorías raciales, étnicas, religiosas, sexuales y culturales, generalmente, vulnerables a las disposiciones de la mayoría. La mayoría, es el grupo de la población que goza de un rango más alto y de una situación de mayor seguridad frente a la sociedad.
Las minorías y mayorías están inevitablemente ligadas a una forma, más o menos constante en lo económico, social y político, con el fin de asegurar un lugar en la sociedad. Tradicionalmente, las minorías han sido consideradas como amenazas por las mayorías dominantes.
Se dice que en nuestro país las minorías las conforman los mapuches, los inmigrantes (peruanos, argentinos, bolivianos, y algunos indocumentados), personas entre los 60 a 80 años, el evangélico, el mormón, el testigo de Jehová, los discapacitados; igualmente, son minoría los que ganan más que muchos chilenos, como también, las personas que viven en campamentos. Si llevamos estas minorías a una realidad concreta, podemos decir entonces, que la modelo mapuche Ximena Huilipan, la pianista pascuense Mahani Teave, el adolescente que perdió sus piernas Kevin Silva, los niños de la Teletón, los niños que asisten a Coanil, la persona con Síndrome de Down, la estudiante con discapacidad auditiva, el o la colega gay, la niña de 5 años que vive en el Campamento Las Camelias, la familia que pasa los fines de semana a hablarme de su religión, los abuelos de mis hijos (es decir el padre o la madre de cualquiera de nosotros), las personas que asisten al Hogar de Cristo, mi sobrina que ahora es madre soltera, un miembro del grupo Luksic (perteneciente al 20% más rico del país), y, por supuesto, el estudiante “flaite” del liceo en toma que pertenece a una familia cuyo ingreso per cápita es igual o inferior a $44.276 … todos ellos son minoría en mi país…Esto, ¿da derecho a criticarlos o a referirnos a ellos peyorativamente, menoscabando su integridad personal, olvidando que ante los ojos de un ser superior somos TODOS IGUALES? ¿Podemos remarcar y condenar la existencia de estas minorías, especialmente de aquellos flaites que no aportan nada al desarrollo de nuestra sociedad y a los cuales, más encima, debemos hacerles caso? ¿Por qué hacemos estos comentarios discriminatorios? ¿Qué hace la educación para evitar la discriminación que existe por ciertas minorías? ¿Cómo estamos educando a nuestros hijos para evitar la segregación y la crítica hacia estas minorías?, aunque estos sean “flaites”.
Frente a esta situación e interrogantes, me parece necesario plantear que tenemos una responsabilidad social, pero sobre todo, como profesora, creo que tenemos una responsabilidad educacional.
Como docentes, debemos educar con el discurso y con una actitud de vida, no solo en la disciplina específica, sino que además debemos educar para formar personas de bien, inspiradas en el respeto por el otro, con el infinito deseo de servir y construir una sociedad más igualitaria y justa, que permita generar oportunidades de desarrollo a todas las personas, sin diferencias de raza, sexo, religión y mucho menos, sin hacer diferencias y menospreciar los derechos de las personas por su condición económica y social o por ser parte de una “minoría” determinada.


