Columna de opinión: "La cosecha de una mala siembra"
Investigadores han comprobado que la agricultura convencional es la rama de la economía que daña el medio ambiente de la forma más intensa, contaminando no sólo las aguas subterráneas, sino que disminuye también la fertilidad de los suelos
Un estudio publicado por el Instituto para la Investigación Económica Ecológica (IÖW) sobre los efectos de la agricultura en el clima, dio como resultado que solamente una drástica reducción de la producción de carne puede hacer que la agricultura resista mejor el clima actual. Además, se dijo que lo más importante para el clima es la forma de alimentarse, es decir, qué cantidad de productos cárnicos y lácteos consume cada persona.
También se podrían ahorrar millones de toneladas de gas
metano, que es liberado durante el proceso de la digestión de las vacas y de la
descomposición de los abonos. Para producir un kilo de carne, los ganaderos
tienen que dar a sus vacas 15 kilos de cereal y 30 kilos de pasto verde. El
cereal necesita abonos, que a su vez consumen mucha energía para su
fabricación. Por eso hace años que los expertos del clima están advirtiendo de
la gran cantidad de carbono que resulta de la producción de carne.
Una alimentación sin carne ni productos lácteos
es la que menos contribuye a la emisión de gases tóxicos de efecto invernadero,
en comparación a cuando se come todo tipo de alimentos. No obstante, sea el
cultivo convencional o biológico, para efectos del clima el daño para éste
persiste, aunque el cultivo biológico por lo menos no utiliza pesticidas,
insecticidas y otros productos químicos, que tienen otras consecuencias no
menos dañinas.
A este derroche de terrenos y productos agrícolas hay que agregar el creciente
reemplazo del combustible para transporte en base a petróleo por maíz, soja, y otros tipos de plantas, con lo cual la
situación de la alimentación de la población mundial no se solucionará, aunque
tal vez y por un cierto tiempo se viaje gastando menos dinero en combustible
pero con el estómago más vacío.
Todo esto sucede a pesar de que hace ya tiempo que los investigadores han
comprobado que la agricultura convencional es la rama de la economía que daña
el medio ambiente de la forma más intensa, contaminando no sólo las aguas
subterráneas, dañando ríos, lagos y mares, sino que disminuye también la
fertilidad de los suelos, reduce la variedad de especies, destruye su hábitat y
emite el doble de gases de efecto invernadero que la agricultura biológica.
De acuerdo con cálculos de la
UNESCO, en todo el mundo sufren de hambre más de mil millones
de personas por razones sociales y políticas, pero para combatir el hambre no
habría que aumentar los rendimientos, como por ejemplo preconiza la industria
de la tecnología genética. Jean Ziegler, el ex enviado especial de la ONU para el derecho a la
alimentación, estableció no hace mucho tiempo que si se considerara el
rendimiento agrícola mundial en su totalidad, se podría alimentar al doble de
personas de las que viven actualmente en nuestro planeta.
Pero ya que estamos hablando de la agricultura, si se toma ahora en cuenta la
desastrosa situación del clima y las muchas otras secuelas descritas
anteriormente, a raíz de los problemas que ocasiona el agro mal entendido y
explotado, ¿no sería hora de pensar en aquella ley bíblica de que el ser humano
cosechará lo que siembre? Y si no se cree en ello, se podría recordar que
también la ciencia habla de causa y efecto, de acción y reacción, por lo que
sería conveniente que cada persona pensara en qué parte le corresponde en este
embrollo de consecuencias tan fatales para toda la humanidad y lo que quiere
cambiar en su vida, antes de que la reacción, el efecto, la cosecha le
sorprenda el día menos pensado. El clima, el aire, las aguas, los animales, la naturaleza
en general y millones de habitantes de los países pobres ya lo están sufriendo.
La crisis económica es sin duda otro signo premonitorio de lo que se avecina a
los países más ricos.


