Opinión: Gobernando para la próxima campaña

La autoridad cae en la peor de las prácticas, decidir el gasto público por los apuros electorales de su coalición. Asistimos a lo que tanto la derecha critica en los demás, pero que tanto practican los suyos, hacer del Estado caja de resonancia de sus urgencias clientelísticas.

Imagen de Camilo Escalona
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10 de Agosto, 2012 00:08

Como si se tratara de la camisa en un día de trabajo, el gobierno reemplazó su propio proyecto de reforma tributaria por uno nuevo, desconocido para el país, incluidas las fuerzas de oposición, con lo cual una vez más, se generan cambios de rumbo, contradiciendo lo que la propia autoridad anunciaba y pedía horas antes.

En este caso, el Presidente de la República urgió al Congreso Nacional para que se apurara en la aprobación del Proyecto de Ley en trámite, para que luego la UDI dijera que se tenía que replantear el contenido del mismo y se precipitara la autoridad a preparar y formular uno nuevo, a la medida de la UDI, que ahora -lógico- exige su inmediata aprobación.

Los técnicos de la Concertación han comprobado rápidamente que el nuevo proyecto tiene un mayor ingreso fiscal sólo el año 2013, año electoral, para luego desinflarse como el globo aquel que un niño se aburre de inflar y lo deja sin cerrar, perdiendo el aire de inmediato. O sea, la autoridad cae en la peor de las prácticas, decidir el gasto público por los apuros electorales de su coalición.

Asistimos en consecuencia a lo que tanto la derecha critica en los demás, pero que tanto practican los suyos, hacer del Estado caja de resonancia de urgencias clientelísticas, demagógicas y populistas.

Ello debido a que nadie puede sostener con un mínimo de seriedad que se puede realizar “una revolución educacional”, consiguiendo los recursos para financiar un año, de ese tan publicitado propósito que puede fácilmente proyectarse por más de una década.

La autoridad quiere dejar contentos a los suyos y que después sea lo que Dios quiera.Ello incluye rebajar el impuesto a los más ricos que en la desigualdad que vive el país, ya no es solo injustificado sino que bochornoso.

La guinda de la torta, es el ataque destemplado de los voceros del populismo derechista que se auto victimizan, diciendo que les quitan la sal y el agua. Su posición es simple: déjennos hacer lo que se nos antoja, cambiar las leyes para “cuidar a los ricos”, arreglar las finanzas públicas para hacer campaña y por todo ello, si son buenitos y se someten, de premio no los vamos a acusar de obstruccionistas.

En suma, la política fiscal del gobierno de la derecha ha devenido en un ejercicio populista deplorable, carente de brújula, pretende la vieja maña del pichangueo, jugadas torpes, sin sentido de conjunto, creer que con una “cachaña” se puede engañar a toda la defensa contraria y deslumbrar la tribuna cuando no se engaña a nadie y del público solo se reciben pifias.

Así, ¿de qué responsabilidad fiscal podemos hablar? De ninguna, lamentablemente.

La nueva forma de gobernar ha sido configurada: es una criatura deforme, no confiable y errática.

La gran lección es que el futuro gobierno sea capaz de erradicar estas malas prácticas.

Por el bien de Chile.

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