Estallido social: ¿Dignidad o Violencia?

¿Y qué pasa con la Primera Línea? ¿héroes o vándalos? Hay momentos para poner la otra mejilla, otros para levantar un escudo, y para apagar lacrimógenas. El desenvolvimiento pacífico de las actuales y futuras manifestaciones garantizará el éxito del proceso histórico que estamos viviendo.

Imagen de Diego Escobedo
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21 de Febrero, 2020 18:02

Quienes me conocen, saben que estoy de acuerdo con casi todas las demandas del movimiento social iniciado el 18 de octubre. Y también que he condenado la violencia, por ambas partes, desde el día 1, lo que me ha llevado a más de una discusión. ¿Contradictorio? ¿amarillismo? Al respecto tengo algunas reflexiones.

Ya no basta con rezar (1973), un clásico del cine de la Unidad Popular, es conocida por su icónico afiche, donde se ve a un cura con una piedra en la mano a punto de lanzarla (me he topado con la grata sorpresa de ver reinterpretado ese afiche en la calle. Ahora es un encapuchado con la leyenda “Ya no basta con marchar”). Es fácil imaginarse la ofensa que significó para la Iglesia Católica, y la gran llaga donde metía el dedo el afiche: en la era de las revoluciones, de la doctrina social de la iglesia, el Vaticano vio como varios de sus sacerdotes se dividían entre “curas comunistas” y curas defensores del status quo.

Pero aún más interesante es el final de la película (alerta de spoiler). El padre Jaime (Marcelo Romo), se compromete hasta el final en su apoyo a unos obreros en huelga, cuyas demandas, al igual que hoy, se pueden resumir en una sola palabra: dignidad. Pasa por toda clase de pellejerías en su defensa de los más desposeídos, hasta recibe una golpiza por parte de unos matones contratados por el patrón de la empresa. Hacia el final del metraje, en vez de participar de la tradicional celebración de San Pedro, como los demás sacerdotes, se suma a una marcha de los huelguistas en el centro de Valparaíso.

En el camino, repite constantemente a los asistentes que esto es una manifestación pacífica, sin violencia. Y así se mantiene, hasta que llegan a la Corte de Apelaciones de la ciudad. Allí los carabineros, sin ninguna provocación previa, lanzan una lacrimógena a los manifestantes. Todos huyen, salvo el padre Jaime, quien raudamente agarra el proyectil y se lo lanza devuelta a los uniformados. La escena se congela, y vienen los créditos.

Un final de antología, que da para un buen debate ¿es el padre Gatica que predica, pero no practica? La legítima defensa puede considerarse violencia, pero legítima al fin y al cabo. Su deber como buen cristiano es siempre proteger a los indefensos. No obstante, se sobreentiende que a partir de allí, el padre caerá en un espiral de violencia del que no saldrá más.

La violencia sólo genera más violencia, como señaló un músico llamado Don Shirley en otra película. Green Book (2018) trata sobre un pianista afroamericano (Mahershala Ali) que viaja por el sur de los Estados Unidos de los años '60, junto a su conductor italoamericano (Viggo Mortensen), dando una serie de conciertos. Hacia el final, los detiene una patrulla de policías, quienes los increpan con insultos racistas. El personaje de Mortensen responde, golpeando al uniformado, y ambos terminan presos. Es tras las rejas que el músico increpa a su compañero con una de las mejores frases del film: “Nunca ganas con violencia. Tú sólo ganas cuando mantienes tu dignidad. La dignidad siempre prevalece”.

Sabia filosofía.

Es por lo anterior que yo sostengo que Dignidad y Violencia son antónimos. No puedes exigir lo primero y tener un doble estándar con lo segundo. En el mundo contemporáneo, la violencia debe ser siempre el último recurso, y sólo como legítima defensa, de lo contrario es sencillamente injustificable.

Mahatma Gandhi liberó un país entero sin lanzar una sola piedra. A lo largo de su vida fue golpeado, insultado, encarcelado, y perseguido, pero fue firme en su filosofía de la resistencia pacífica. Martin Luther King luchó por los derechos de los afroamericanos caminando, sin abalar jamás el uso de la fuerza. Nelson Mandela, tras haber estado décadas preso, una vez que llegó a la presidencia, no sólo liberó a su pueblo, también les enseñó a perdonar.

Estos 3 líderes fueron cuestionados en su momento por su porfía. Varios criticaron que estaban debilitando al movimiento desde dentro, pero el tiempo les dio la razón.

Volvamos a Chile.

Tenemos una fuerza policial corrupta, asesina e incompetente, eso es un hecho. A vuelo de pájaro, hay dos personas ciegas y docenas tuertas o con daños oculares, entre tantas otras víctimas de la represión policial. ¿Eso justifica responder con la misma mano a carabineros? “Ojo por ojo, y el mundo terminará ciego”, decía Gandhi. Justicia no es lo mismo que venganza.

¿Y qué pasa con la Primera Línea? ¿héroes o vándalos? Aunque nos encantaría tener una respuesta binaria o contundente, lo cierto es que la realidad es compleja. Tenemos personas movidas por ambos afanes dentro de este grupo: el altruismo y las ansias de saqueo y destrucción.

Al respecto, en mis múltiples correrías con mi bici y mi cámara a lo largo de la ciudad, me he deleitado con los innumerables murales surgidos tras el estallido social. Me ha llamado poderosamente la atención la glorificación que se ha hecho de la Primera Línea, y aún más, de la violencia ejercida por parte de ésta hacia carabineros. Mostrarlos arrojando una bomba molotov se ha vuelto un motivo común.

Pero hay un mural que quiero destacar, que se encuentra en Curicó, llegando a Vicuña Mackenna. Allí se muestra a los integrantes de la Primera Línea con escudos y apagando bombas molotov. Tras ellos, están los manifestantes pacíficos, con su batucada y carteles. Es una imagen idealizada, pero este es el tipo de murales que se debieran promover. Al padre Jaime, o al encapuchado protegiendo a los manifestantes pacíficos de los proyectiles de carabineros, no al encapuchado dándole razones al gobierno para sostener el demencial diagnóstico de “estamos en guerra”.

No estamos en guerra, Chile despertó. Pero hay gente, en La Moneda y en las calles que sí quiere creer que estamos en guerra civil. Les conviene, lo desean (unos para reprimir, los otros para saquear). No podemos permitirlo. Chile tiene la oportunidad histórica de redactar una constitución, en democracia, con el pueblo, por el pueblo y para el pueblo, parafraseando a Lincoln. Este tipo de cosas sólo hacen peligrar este logro alcanzado.

¿Es que ellos, los pacos, fueron los que empezaron?, ¿es que el sistema neoliberal en que estamos insertos es de por sí violento contra nosotros? Cualquiera que haya ido al colegio y se haya agarrado a combos en el patio con el niñ@ que lo molestaba, debió haber recibido la misma respuesta de los profesores: “Me da lo mismo quién empezó”.

¿Pero la violencia fue útil, porque si no hubiesen quemado el metro no habría agarrado tanta fuerza el estallido social? Nunca lo sabremos, si es por elucubrar podemos estar todo el día. Los hechos son que existía un descontento acumulado en Chile, y la rapidez con que se llegó al consenso del plebiscito de abril (en apenas un mes) nos habla de la inevitabilidad del proceso que se venía. Por lo demás, los casos antes mencionados son grandes ejemplos de que no es imprescindible la fuerza para conseguir grandes cambios, menos en una democracia avanzada (con muchos problemas, pero sólida institucionalmente) como Chile.

¿Es que hay que luchar hasta que la Dignidad se haga costumbre?

Dignidad, una linda palabra, muy manoseada por estos días. Sería bueno detenernos a meditar sobre su significado. Internet la define como “cualidad del que se hace valer como persona, se comporta con responsabilidad, seriedad y con respeto hacia sí mismo y hacia los demás y no deja que lo humillen ni degraden”.

Hoy la gente tiende a resaltar que vivimos en una sociedad de derechos -muchos pasados a llevar-, pero también tiende a olvidar que, esos derechos implican asimismo deberes. No sólo “hacerse valer como persona”, también comportarse con “seriedad” y “respeto” hacia los demás. El respeto es la base de toda sociedad civilizada.

Don Shirley estaba dispuesto a aceptar que los policías racistas se burlaran de él, tenía otras formas de hacerse respetar sin caer en los golpes. Hacia el final de la película tenía programado un concierto en un exclusivo club sureño. Llegó una hora antes del show para almorzar en el club, pero para su sorpresa, le dijeron que no podía entrar, tradición del recinto. Por más que intentaron convencer al administrador del club, no lo dejaron pasar. En lugar de insultarlos, Shirley se negó a tocar y se retiró dignamente. Tras él recibió una sarta de insultos por parte del administrador. Cuando tu enemigo te insulta, es porque lo has derrotado. Si eres tú el que insulta, claramente no te está yendo bien en esta partida.

La Plaza de la Dignidad, ex Plaza Baquedano, puede que no sea digna de tal nombre, si quienes se manifiestan en ella cada viernes a las 17:00 persisten en sus métodos, como convertir la entrada al metro en una auténtica cantera para extraer escombros que después usarán como proyectiles contra los uniformados.

Hay momentos para poner la otra mejilla, momentos para levantar un escudo, y momentos para apagar lacrimógenas. El desenvolvimiento pacífico de las actuales y futuras manifestaciones garantizará el éxito del proceso histórico que estamos viviendo. No permitamos que quemen más iglesias, palacios, monumentos, supermercados, bancos o pymes. No es daño colateral, desterremos los conceptos bélicos de nuestro vocabulario (ya es bastante con que hablemos de “Primera Línea”).

No estamos en guerra, estamos unidos. Hasta que la Dignidad se haga costumbre. Y la Violencia un mal recuerdo.

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