Comentario Literario: "Formas de volver a casa", la última novela de Alejandro Zambra

"Formas de volver a casa" es una novela sobre los 80 que habla de quienes no estuvieron en ningún bando durante la dictadura militar. También es una obra sobre la infancia, el amor, padres e hijos

Imagen de D Carrillo
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12 de Julio, 2011 01:07
"Formas de volver a casa" de Alejandro Zambra, 164 páginas.

Si bien a ningún libro le está vedado este ejercicio, lo primero que puede decirse de “Formas de volver a casa” (Anagrama, 2011) de Alejandro Zambra, es que se trata de una obra que reviste o sugiere variadas lecturas.

En sus páginas late cierta pulsión política, de rescate de una memoria reciente que tiene que ver con quienes no estuvieron –o creyeron no estar- en ninguno de los dos bandos que terminaron viéndose las caras en el plebiscito de 1988. Eso, mezclado con los tira y afloja de un escritor –tal vez el propio Zambra- que pugna por sacar adelante una novela y que lucha también por reconciliarse con su esposa, Eme, cuestionando de paso los propios límites de la literatura.

La estructura del relato, dividido en cuatro capítulos, va intercalando dos líneas narrativas, que también se entrelazan y alimentan mutuamente, e incluso se roban algunos  fragmentos, indicando la influencia de la novela en la propia biografía de quien la escribe y viceversa.

Las 164 páginas de “Formas de volver a casa” se inician con la historia de un niño y una niña que se conocen durante la noche del terremoto de 1985, en Maipú. Dos décadas más tarde, el muchacho de ese entonces, convertido ahora en escritor, comienza a urdir una novela sobre lo que vino después de ese encuentro. “Claudia tenía doce años y yo nueve, por lo que nuestra amistad era imposible. Pero fuimos amigos o algo así. Conversábamos mucho. A veces pienso que escribo este libro solamente para recordar esas conversaciones”.

Tras conocerse y comenzar una muy particular relación, Claudia le encarga una misión: cuidar  a su vecino, Raúl, a quien el chico recuerda como el único que vivía solo en la villa y de quien se decía que era democratacristiano. Así, de inmediato comienza a espiarlo y se percata de que Raúl es visitado por una mujer, a quien un día decide seguir en micro. Llega hasta la casa de ella y anota la dirección, pero al ir a contarle su hallazgo a Claudia ella está con un muchacho de unos 17 o 18 años llamado Esteban, a quien detesta, sin saber claramente si se trata o no del pololo de la niña. Todo termina cuando ve que Raúl carga cajas en una camioneta. Va a avisarle a Claudia, pero ella ya no estaba, se ha mudado.

El segundo capítulo, denominado “La literatura de los padres”, nos trae un narrador diferente, que se debate en la escritura de la novela que contará la historia de Claudia, pero también la de su familia, sumida en una clase media siempre al margen de todo, ni pinochetistas ni de oposición.

“La novela es la novela de los padres, pensé entonces, pienso ahora. Crecimos creyendo eso, que la novela era de los padres. Maldiciéndolos y también refugiándonos, aliviados, en esa penumbra. Mientras los adultos mataban o eran muertos, nosotros hacíamos dibujos en un rincón. Mientras el país se caía a pedazos nosotros aprendíamos a hablar, a caminar, a doblas las servilletas en forma de barcos, de aviones. Mientras la novela sucedía, nosotros jugábamos a escondernos, a desaparecer.

El siguiente capítulo –“La novela de los hijos”- retoma la primera historia, pero la sitúa dos décadas después, cuando la muerte y las propias indagaciones en ese pasado ochentero realizadas por el escritor le llevan a reencontrarse con Claudia.

Finalmente, en “Estamos bien” todo termina decantando y Eme lee el manuscrito en el que el treintañero novelista y poeta ha estado trabajando. A pesar de que se lo había dicho, ella se sorprende de aparecer entre las páginas y parece molesta. “Has contado mi historia, me dijo, y debería agradecértelo, pero pienso que no, que preferiría que esa historia no la contara nadie”.

En resumen, una narración sutil, muy bien armada y tremendamente literaria, que mantiene la frescura y la poesía de “Bonsái”, la primera novela de Zambra, cuya versión cinematográfica ha sido ampliamente reconocida.

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