Columna Literaria: “La muerte de Montaigne”, en los detalles está la ficción

La última novela del escritor chileno Jorge Edwards, repasa capítulos de la vida del famoso pensador Michel de Montaigne.

Imagen de D Carrillo
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24 de Mayo, 2011 01:05
La novela a ratos parece un diario, que se lee como un viaje

“La muerte de Montaigne” (Tusquets, 2011), de Jorge Edwards, es una apuesta arriesgada desde el comienzo. “El señor tomaba partido, pero no pensaba como hombre de partido”, dice un narrador que identificamos inequívocamente como el propio Edwards, quien mezcla pasajes de la biografía del pensador francés, autor de los famosos “Ensayos”, con los de su propia vida.

“Antes de las últimas elecciones presidenciales, solía ser de la Alianza para los de la Concertación, y de la Concertación para los de la Alianza”, agrega, equiparándose con Montaigne (“güelfo para los gibelinos, gibelino para los güelfos”) en unas páginas iniciales que hacen pensar erradamente en un prólogo. Pero no, todo es parte de la novela, descrita como “más o menos ensayística, con aspectos históricos”, pero que a ratos da la sensación de un diario.

Eso, hasta que el escritor se adentra en zonas grises donde la invención y la conjetura reclaman su espacio, como cuando describe la relación de Montaigne con Marie de Gournay. En 1588, el “Señor de la Montaña” recibe una carta firmada por una joven de 22 años, quien le dice que la lectura de sus “Ensayos” la dejó “traspuesta” y que necesita conocerlo. Montaigne, entonces de 55 años, acude al encuentro y termina por adoptar a Marie como “hija de alianza”. Edwards elucubra detalles y posibles escarceos eróticos usando armas propias del repertorio montaigneano, con citas o disonancias sorpresivas.

Así lo hace también cuando analiza el método escritural del ensayista, donde no duda en preguntarse: “¿Interrumpía su trabajo, de repente, para encerrarse en el cuarto reservado, el de una esquina, de ventanas estrechas, abrirse la bragueta y masturbarse?”.

Esta interrogación tiene mucho de Montaigne, dado que Edwards reconoce en su prosa, junto con la esencia clásica de latinos y griegos, un fuerte influjo campesino, lo cual le da tintes pícaros. Como cuando, casi a pito de nada, acude a una cita que atribuye a Horacio: “¿Sin letras se tiene el miembro menos rígido?”.

“Montaigne significa para mí la libertad, la sensatez, el humanismo superior, y en algún sentido: la lectura y la escritura”, redondea el narrador, explicando que esta novela es “una fantasía muy personal, mi Montaigne”.

Con un inicio que inspira ciertas reticencias, el libro termina por leerse como un viaje entretenido, ingenioso y contingente, a pesar de centrarse en las guerras religiosas, con Montaigne, pero también con Enrique IV, como protagonistas.

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