Novela a la carta

"Rapsodia Gourmet", la primera obra de Muriel Barbery, presenta una mixtura de voces y sabores en torno a las últimas horas de vida del crítico gastronómico más famosos del mundo.
Imagen de D Carrillo
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30 de Julio, 2010 00:07
En “Rapsodia Gourmet” la escritora francesa Muriel Barbery (1969) hace hablar hasta al gato. Y, lo más curioso de todo, es que la narración funciona.
Publicada por primera vez en Chile en mayo pasado por Editorial Planeta, se trata de la novela debut de esta autora, que se hizo conocida mundialmente por el arrollador éxito de su segunda obra, “La elegancia del erizo”.
Menos ambiciosa, pero igual de consistente, “Rapsodia Gourmet” (titulada originalmente "Una golosina"), lanzada hace 10 años en Francia, presenta las últimas horas de vida de Pierre Arthens, el crítico gastronómico más famoso del mundo. “He capturado la eternidad en la columna vertebral de mis palabras, y mañana moriré”, dice el protagonista, considerado “maestro del verbo culinario”.
En este postrero trance, no son las plegarias ni el arrepentimiento lo que ocupa su mente, sino que la obsesiva búsqueda de un sabor perdido, que fue el que más logró hacerlo feliz.
De este modo, va repasando su vida a través de escenas basadas netamente en la comida y las sensaciones del paladar. “Los pimientos dulces, untuosos y frescos, enternecían mis papilas subyugadas por el rigor viril de la carne, y las preparaban de nuevo para tan poderoso ataque”, rememora de sus veranos en Tánger.
En lo más íntimo, reconoce a su abuela, una anciana obesa y bigotuda, como su primera cocinera predilecta, quien con sus manos convertía las sustancias más anodinas en verdaderos milagros de fe.
Estos recuentos culinarios, que alcanzan su punto más alto en la descripción que hace del pan marroquí, se van intercalando con las voces de sus cercanos, familiares y amigos, quienes desnudan las bajezas y mezquindades del crítico.
Y es que el “maaaestro” parisino es un mal padre y un marido infiel.
Sin embargo, no todos hablan pestes de Arthens. Llama particularmente la atención lo que dice su empleada Violette, quien lo aprecia no sólo por el buen trato, sino que por su costumbre de tirarse pedos en la cama. “Como decía mi abuela, un hombre que se tira pedos en la cama es un hombre al que le gusta la vida. Y, no sé: eso hizo que lo viera como más cercano…”, reflexiona la mujer.
También tiene voz en la novela la mascota del protagonista, su gato Rick, bautizado así en honor a un personaje de la película Casablanca, “un hombre que sabe renunciar a una mujer porque prefiere ser libre”.
Parece ser justamente esta construcción coral, sazonada con inagotables aderezos, la que hace de esta novela, de livianas 182 páginas, una obra de bulímica y satisfactoria lectura.

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