Los puntos supremos de una revolución

En dos notables ensayos, Patrick Waldberg desentraña el origen íntimo y las pasiones creativas de los íconos del Dadá y el surrelismo, vanguardias claves en el arte contemporáneo.
Imagen de D Carrillo
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16 de Julio, 2010 23:07
Con fronteras en general difusas y nombres que se repiten entre uno y otro, como Arp, Duchamp, Picabia, Tzara y Breton, el dadaísmo y el surrealismo son claves para entender la historia del arte contemporáneo.
Varias luces al respecto son las que enciende Patrick Waldberg (1913-1985) –una de las últimas figuras surrealistas- en los ensayos “Dadá. La función del rechazo” y “El surrealismo. La búsqueda del punto supremo”, recogidos en el libro "Dadá / El surrealismo", editado en español en 2004 por el Fondo de Cultura Económica (FCE).
En apenas 82 páginas, Waldberg presenta un retrato íntimo de ambas corrientes artísticas, con sus principales hitos, anécdotas y héroes, todo rodeado de mucho mito y leyenda.
Por ejemplo, respecto al origen del término Dadá, aún hoy se tejen muchas conjeturas, a pesar de que por años la versión más aceptada es la que entrega su paternidad a Tristan Tzara, quien una noche en el mítico Cabaret Voltaire, luego de que alguien abriera al azar un Pequeño Larousse, dejó caer una gota de agua desde un gotero, la cual se posó justo sobre la palabra dadá, que en lenguaje infantil refiere a un caballo “y, por extensión, una idea preferida, una manía”.
“Dadá se inventa en los labios”, declarará después Tzara en uno de sus manifiestos, planteando incluso que “Dadá no significa nada”, cortando así toda vía de interpretación ideológica de este movimiento, recordado por sus insólitos actos poéticos llenos de un carácter provocador.
En general, se asociará desde un principio a formas de provocación intelectual, llenas de humor, sarcasmo y fingimiento, todas ellas “hijas de la noche”, que como ella ejercen un poder de disolución de la realidad, levantándose contra el espíritu burgués, el conformismo y el adormecimiento espiritual.
Lo cierto es que, como apunta el autor, si bien el dadaísmo irrumpe como una fuerza antitradicionalista, en esencia se inserta en una tradición que tiene sus raíces en la ironía romántica y la bohemia francesa.
Casi sin transición emerge el surrealismo, más que una escuela de literatura o arte, “un estado de ánimo, una disposición del espíritu que apuntan al conocimiento inmediato del ser y a su aprehensión total”. Con André Breton como cabecilla, sus años de preparación coincidieron con los del auge parisiense del movimiento Dadá. En este punto, Waldberg desmiente que el único aporte de Breton haya sido cambiar el nombre de dadaísmo a surrealismo.
En el fondo, este último “ismo” no es compatible con Dadá, que termina consumido en el fuego de la contradicción, negación y destrucción.
El surrealismo, por su parte, asume un fervor casi sagrado, en donde la poesía aparece como la única expresión verdadera del ser, teniendo a Lautréamont como objeto de culto y a la escritura automática como una de sus armas más letales.
El primer fruto de la aplicación sistemática de esta herramienta –y la primera obra surrealista además- fue “Campos Magnéticos”, de Breton y Philippe Soupault. Con ella comenzó una verdadera revolución, en la cual 8 ó 10 horas consecutivas de práctica de esta forma de escribir pasaron a ser normales. “La rapidez de la escritura interviene aquí para reducir y, si fuera necesario, aniquilar el control de la razón sobre el discurso y ceder la palabra al yo profundo”, acota Waldberg.
Este dictado del inconsciente llegará a ser su sello distintivo, como máxima expresión de libertad en un mundo minado intelectual y moralmente por la guerra. A este libérrimo espíritu se suma el desenfreno en el humor y la ferocidad en el escándalo público de varios de sus cultores, todos ellos marcados eso sí por una gran diversidad, según Waldberg, única en el arte contemporáneo.

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