Los Quiltros llegan a las librerías
Que la vida es perra y los amores, perros.
Por lo general nos acordamos de estos animalitos cuando las cosas se ponen cuesta arriba y no nos queda otra que, justamente, patear la perra.
Pero más allá de las evocaciones lingüisticas, estos seres de pelo, colmillo y cola siempre andan rondando por ahí, ya sea rompiendo el protocolo del desfile oficial, intentando lamer la pena salada de un cortejo fúnebre o haciendo correr tras suyo a jugadores y árbitro en medio del más disputado de los partidos.
Porque en Egipto fueron dioses; porque en Concepción presintieron el terremoto y porque en otros cientos de lugares han seguido a sus dueños hasta la tumba y también han llegado a ser el ingrediente principal de algún condimentado embutido. Por eso y porque al menos en Chile parecen condenados a acompañar el paso adusto y gris por las erráticas calles de nuestra rutina, por eso, y nada más que por eso, los perros de Chile, aunque no tengan más raza que su perruna estampa, se merecen por lo menos un libro.
Grandes y chicos, casi todos flacos, unos peludos y otros pelados, blancos, negros, revueltos, resignados mejor que nosotros a la perra vida, más ansiosos que nosotros yendo de esquina a esquina tras sus perros amores, los protagonistas de "Raza chilena" (Ocho Libros Editores) siempre se han rascado con sus propias uñas, pero aún así ya se ganaron un espacio en la eternidad y gloria de su ladrada historia.
Capturados en blanco y negro por el lente del portugués Jorge Castro, algunos parecen estar posando, otros persiguen autos o espantan las palomas, los más se buscan alguna pulga o se rascan el lomo contra el pavimento; otros miran con ternura tratando de decir una palabra que queda a medio camino entre comida y cariño, otros bostezan y algunos, derechamente, se acurrucan para la impostergable siesta. Otros, también, podrían estar aullando por un cigarrillo, ni tan reincidentes ni conversos, atrapados tras los cercos de la perrera.
Son en total cerca de cien fotos que en ningún caso le roban el alma a estos canes, callejeros por excelencia, sino que más bien terminan rescatándolos en toda su “perrunidad”, que a ratos termina pareciéndose demasiado a la esencia de los humanos.
Y es que no son más que quiltros, al fin y al cabo, tan mezclados como nosotros mismos.



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Está muy buena la nota, pero por favor ¡ARREGLEN LOS LINKS!