Musica y armonía: Silencio y Comunicación
Nuestros veranos y nuestro descanso van casi siemre acompañados de expresiones musicales: Frutillar, Maullin, Calbuco, Puerto Montt, tienen espacios y tiempos para ello. Pero ¿qué sentido tiene?Ciro Schmidt
En forma constante y permanente nuestro quehacer y también nuestra soledad se acompañan con música. ¿Cuál es su sentido?
La música, en cuanto armonía y ritmo, remite a nuestra interioridad y descubre con mayor claridad los sentimientos del alma humana. Por lo mismo, es presencia viva de sus movimientos y surge como incomunicable en su intimidad en cuanto afectiva. Como armonía es manifestación de un orden total del cosmos y del puesto que el hombre ocupa en él.
Como quehacer es expresión de lo humano originario, es fundante de lo humano, ya que lo lúdico, lo no interesado pero armónico, es parte del ser del hombre, que le posibilita ejercer el ocio, ejerciendo el silencio contra el ruido.
Siendo festiva, expresa a la naturaleza, motivo constante de celebración, y culmina en los estados interiores del hombre. Interpela a una armonía original, a lo moral, y es expresión de la existencia, del vivir. Es expresión originaria del ser del hombre y reclamo vital de una vocación de sentido.
Por lo mismo es también purificación (katharsis) que lleva al ser humano a una elevación de sí mismo. Expresión de ello es la experiencia de ensimismamiento (en sí mismo) que acompaña a la ejecución y audición musical y que, al ser armónica, interpela a una armonía interior última e intima. Basta con observar el rostro, el cuerpo, los movimientos, del que está "sumergido" en la música.
La música está ligada directamente a todo aquello que el hombre descubre, inventa, conquista y realiza. Con la música el hombre se une al mundo y comulga con el hombre; gracias a ella la naturaleza se humaniza mientras que la humanidad en extensión coincide poco a poco con la humanidad en comprensión. En la base de toda la música hay pues, una generosidad que empuja hacia el desarrollo de sí misma y del otro, hacia la “edificación" mutua de las personas.
Cuando se afirma que la música es un lenguaje universal, lo que se quiere decir es que, en forma excelente, ella es vehículo de comunicación intersubjetiva, porque a través de ella se abre la intimidad del ser personal y se posibilita la armonía interpersonal. Con razón, cuando se quieren unir los hombres, expresan esta unión en la unión festiva de sus voces, esto es, cantando en coro.
Ella posibilita el despliegue de lo originario lúdico (como el juego de los niños) y gratuito del hombre singular y universal y, por ello, es expresión de su ansia inacabada y esperanza siempre vivida de una armonía personal y comunitaria. Como el juego, y porque es juego, expresa a cada hombre y lo que une a los otros en comunidad de voces y de pasos. Miremos las rondas de los niños.
Si bien el ejecutante o el auditor desconocen, a veces, su sometimiento a reglas y disposiciones reguladas de cánones de Armonía y Belleza, en cambio experimentan un goce, una alegría del alma con lo que realizan, en el que se muestra la conciencia clara de una armonía que es expresión de ritmos, tiempos, relaciones y proporciones, concordancias y disonancias, simetrías, ciclos... que significan la sonora búsqueda de gratuidad y armonía en el ser del hombre.
Sin embargo, es posible que se convierta en embriaguez y alienación, cuando se convierte en pérdida de identidad del “yo” en la alteración y deja de ser música para ser ruido insolente, bullicio, turbación. No todo ruido es música.
Las expresiones del arte musical aparecen como una simplificación de las tensiones reales de la vida y, por lo mismo, ninguno de los que vive puede prescindir de ella como nadie puede prescindir del sueño. En ella se reinstauran los derechos de la belleza y del goce estético, una vez que se ha renunciado a la autonomía de la vida estética, reconociendo su anclaje en lo humano. Por ello se ha conservado en medio de los pobres y de los simples, en el hogar de los solitarios, al mismo tiempo que surge como expresión de la vida de un pueblo o de una generación. “Por su música los conoceréis...”
La música, en cuanto armonía y ritmo, remite a nuestra interioridad y descubre con mayor claridad los sentimientos del alma humana. Por lo mismo, es presencia viva de sus movimientos y surge como incomunicable en su intimidad en cuanto afectiva. Como armonía es manifestación de un orden total del cosmos y del puesto que el hombre ocupa en él.
Como quehacer es expresión de lo humano originario, es fundante de lo humano, ya que lo lúdico, lo no interesado pero armónico, es parte del ser del hombre, que le posibilita ejercer el ocio, ejerciendo el silencio contra el ruido.
Siendo festiva, expresa a la naturaleza, motivo constante de celebración, y culmina en los estados interiores del hombre. Interpela a una armonía original, a lo moral, y es expresión de la existencia, del vivir. Es expresión originaria del ser del hombre y reclamo vital de una vocación de sentido.
Por lo mismo es también purificación (katharsis) que lleva al ser humano a una elevación de sí mismo. Expresión de ello es la experiencia de ensimismamiento (en sí mismo) que acompaña a la ejecución y audición musical y que, al ser armónica, interpela a una armonía interior última e intima. Basta con observar el rostro, el cuerpo, los movimientos, del que está "sumergido" en la música.
La música está ligada directamente a todo aquello que el hombre descubre, inventa, conquista y realiza. Con la música el hombre se une al mundo y comulga con el hombre; gracias a ella la naturaleza se humaniza mientras que la humanidad en extensión coincide poco a poco con la humanidad en comprensión. En la base de toda la música hay pues, una generosidad que empuja hacia el desarrollo de sí misma y del otro, hacia la “edificación" mutua de las personas.
Cuando se afirma que la música es un lenguaje universal, lo que se quiere decir es que, en forma excelente, ella es vehículo de comunicación intersubjetiva, porque a través de ella se abre la intimidad del ser personal y se posibilita la armonía interpersonal. Con razón, cuando se quieren unir los hombres, expresan esta unión en la unión festiva de sus voces, esto es, cantando en coro.
Ella posibilita el despliegue de lo originario lúdico (como el juego de los niños) y gratuito del hombre singular y universal y, por ello, es expresión de su ansia inacabada y esperanza siempre vivida de una armonía personal y comunitaria. Como el juego, y porque es juego, expresa a cada hombre y lo que une a los otros en comunidad de voces y de pasos. Miremos las rondas de los niños.
Si bien el ejecutante o el auditor desconocen, a veces, su sometimiento a reglas y disposiciones reguladas de cánones de Armonía y Belleza, en cambio experimentan un goce, una alegría del alma con lo que realizan, en el que se muestra la conciencia clara de una armonía que es expresión de ritmos, tiempos, relaciones y proporciones, concordancias y disonancias, simetrías, ciclos... que significan la sonora búsqueda de gratuidad y armonía en el ser del hombre.
Sin embargo, es posible que se convierta en embriaguez y alienación, cuando se convierte en pérdida de identidad del “yo” en la alteración y deja de ser música para ser ruido insolente, bullicio, turbación. No todo ruido es música.
Las expresiones del arte musical aparecen como una simplificación de las tensiones reales de la vida y, por lo mismo, ninguno de los que vive puede prescindir de ella como nadie puede prescindir del sueño. En ella se reinstauran los derechos de la belleza y del goce estético, una vez que se ha renunciado a la autonomía de la vida estética, reconociendo su anclaje en lo humano. Por ello se ha conservado en medio de los pobres y de los simples, en el hogar de los solitarios, al mismo tiempo que surge como expresión de la vida de un pueblo o de una generación. “Por su música los conoceréis...”
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