Morir en el Trabajo
David y Milko ya no podrán votar, ni celebrar los goles de Chile en el próximo Mundial. Todo por una imprevisión estúpida de “los sistemas expertos”. Votaré en nombre de estos trabajadores chilenos hoy domingo.Por Clemente Riedemann
Según se informó, David Alejandro Oliva Santibáñez (34) y Milko Ponce Acuña (35) realizaban mantención al elevador del edificio en Estado 57, muy cerca de Alameda, en Santiago de Chile, cuando por causas que se investigan, cayó desde el quinto piso y resultaron muertos.
“En esta vida morir no es nada nuevo –escribió el poeta ruso Serguei Esenin- y por supuesto, vivir tampoco lo es”. La muerte de estas personas me impacta, primero, porque eran jóvenes trabajadores chilenos. Luego porque trabajaban para que otros chilenos o chilenas no sufrieran daños. Y se murieron ellos, en el cumplimiento de sus deberes profesionales.
Así que son héroes. Pero pasarán piola y hasta es posible que les culpen a ellos mismo de su propia muerte. Seguro, algo no debió haber estado en regla en materia de seguridad laboral. En un país que presume de postular y ser aceptado entre las más eficientes economías del planeta, este tipo de situaciones pone de manifiesto la diferencia entre lo que somos realmente y lo que pretendemos ser.
Digo yo, desde mi modesta posición de corresponsal ciudadano, que cuesta aceptar que dos encargados de garantizar la seguridad de las personas no cuenten ellos mismos con tal garantía a la hora de realizar su trabajo y resulten muertos. Estas son las recurrencias minimalistas que ponen en jaque las poderosas imágenes de grandeza y poderío con que se alienta el nacionalismo en la modernidad. Porque la suerte de David y Milko, ya entrado el 2010, no es diferente de la de los obreros de las salitreras en 1907, o la de los personajes de “Sub Terra” de Baldomero Lillo.
Me duele la muerte de estas personas. Me jode el alma. No me parece justo que hayan perdido sus preciosas vidas de este modo, teniendo, como se supone, todos los elementos necesarios para realizar un trabajo profesional con las mejores tecnologías y resguardos de seguridad que implica una función con riesgos vitales.
Aquí no ha fallado una empresa, una tecnología, una técnica, un procedimiento. Lo interpreto como una falla estructural en términos de resguardar la seguridad en el trabajo, que es una responsabilidad social. Simplemente, esto no debiera ocurrir. Aún existiendo un error de procedimiento, es responsabilidad de la sociedad el haber enviado a realizar un trabajo de riesgo a personas que no estaban suficientemente preparadas para realizarlo. Y si los fallos no son humanos sino tecnológicos, también es responsabilidad del país, pues permite poner en riesgo la vida de sus trabajadores al momento de cumplir con su labor.
¿Se entiende? David y Milko ya no podrán votar el domingo, ni celebrar los goles de Chile en el próximo Mundial. Y quizás dejaron novias o esposas e hijos tristes para siempre. Todo por una imprevisión estúpida de “los sistemas expertos”. Votaré en nombre de estos trabajadores chilenos el próximo domingo. Así mi voto tendrá un significado superior que el de la mezquina y pequeña contingencia. El de la esperanza en un mundo mejor, aquel donde los modestos trabajadores no sigan siendo los corderos sacrificados en la fiesta de los poderosos.
“En esta vida morir no es nada nuevo –escribió el poeta ruso Serguei Esenin- y por supuesto, vivir tampoco lo es”. La muerte de estas personas me impacta, primero, porque eran jóvenes trabajadores chilenos. Luego porque trabajaban para que otros chilenos o chilenas no sufrieran daños. Y se murieron ellos, en el cumplimiento de sus deberes profesionales.
Así que son héroes. Pero pasarán piola y hasta es posible que les culpen a ellos mismo de su propia muerte. Seguro, algo no debió haber estado en regla en materia de seguridad laboral. En un país que presume de postular y ser aceptado entre las más eficientes economías del planeta, este tipo de situaciones pone de manifiesto la diferencia entre lo que somos realmente y lo que pretendemos ser.
Digo yo, desde mi modesta posición de corresponsal ciudadano, que cuesta aceptar que dos encargados de garantizar la seguridad de las personas no cuenten ellos mismos con tal garantía a la hora de realizar su trabajo y resulten muertos. Estas son las recurrencias minimalistas que ponen en jaque las poderosas imágenes de grandeza y poderío con que se alienta el nacionalismo en la modernidad. Porque la suerte de David y Milko, ya entrado el 2010, no es diferente de la de los obreros de las salitreras en 1907, o la de los personajes de “Sub Terra” de Baldomero Lillo.
Me duele la muerte de estas personas. Me jode el alma. No me parece justo que hayan perdido sus preciosas vidas de este modo, teniendo, como se supone, todos los elementos necesarios para realizar un trabajo profesional con las mejores tecnologías y resguardos de seguridad que implica una función con riesgos vitales.
Aquí no ha fallado una empresa, una tecnología, una técnica, un procedimiento. Lo interpreto como una falla estructural en términos de resguardar la seguridad en el trabajo, que es una responsabilidad social. Simplemente, esto no debiera ocurrir. Aún existiendo un error de procedimiento, es responsabilidad de la sociedad el haber enviado a realizar un trabajo de riesgo a personas que no estaban suficientemente preparadas para realizarlo. Y si los fallos no son humanos sino tecnológicos, también es responsabilidad del país, pues permite poner en riesgo la vida de sus trabajadores al momento de cumplir con su labor.
¿Se entiende? David y Milko ya no podrán votar el domingo, ni celebrar los goles de Chile en el próximo Mundial. Y quizás dejaron novias o esposas e hijos tristes para siempre. Todo por una imprevisión estúpida de “los sistemas expertos”. Votaré en nombre de estos trabajadores chilenos el próximo domingo. Así mi voto tendrá un significado superior que el de la mezquina y pequeña contingencia. El de la esperanza en un mundo mejor, aquel donde los modestos trabajadores no sigan siendo los corderos sacrificados en la fiesta de los poderosos.
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Mil gracias por dedicarles
Mil gracias por dedicarles estas palabras a estos dos trabajadores, que si bien para la sociedad han pasado casi cuatro meses, para mí y mis hijos el tiempo quedó congelado aquel triste día.
Su nombre es Mirko, el de mi marido, quién falleció cumpliendo con su trabajo.
Atte
Carolina