Palacio de Cristal (I parte)
Una parte de la humanidad vive encerrada en un palacio de cristal que le impide percibir la realidad. Se aburren y se estresan. Por Ciro Schmidt
Nuestro mundo interior surge a veces como un palacio de cristal en el que prima nuestra intimidad, intentado que sea el lugar en que las incertidumbres de la vida no nos toquen…: algo así como un paraíso o el jardín de Epicuro. Sloterdijk, pensador contemporáneo al que sigo en esta reflexión, lo llama "espacio interior de mundo del capital" (el Gran Interior, la Gran Instalación, el Gran Invernadero, Realidad Indoors, etc. equivalentes al palacio de cristal) El mundo globalizado del bienestar tiende a crear un espacio interior bastante hermético, contradictorio, de fronteras fluidas, con paredes que consisten en diferencias y discriminaciones en torno al dinero, sin reparar en homogeneidad regional o nacional alguna puesto que lo que importa es otra cosa sin patria: la capacidad adquisitiva. Ese espacio interior sólo incluye a un tercio de la humanidad. El mundo globalizado para la parte de la humanidad con poder adquisitivo
Este “palacio de cristal” tiene rasgos que lo caracterizan. Dos de ellos son el aburrimiento y estrés, En el palacio de cristal, reina un estado de ánimo crónicamente ambivalente, repartido entre dos tonos fundamentales de la existencia palaciega: aburrimiento y estrés, a partes iguales y complementarias. "El difuso aburrimiento, por una parte, el estrés inespecífico, por otra, constituyen los universales atmosféricos de la existencia en el invernadero.
El aburrimiento en el palacio de cristal hace que los nervios de sus habitantes sean fácilmente accesibles. Ello los hace dependientes, no sólo del consumismo de mercancías, sino también, puesto que siempre están esperando noticias de fuera, de la información. Incluso de aquella que favorece el terrorismo, dándole voz y permitiendo, así, que, por medio de invasiones mínimas, influya en el sistema social. Los programas paranoides de los ciudadanos del bienestar apremian a captar y amplificar las mínimas señales que demuestren la existencia de un enemigo externo, imposibilitando la única medida antiterror que garantizaría éxito: "el silencio total de los medios de comunicación sobre nuevos atentados que ponga distancia entre el golpe y su eco sensacionalista.
Es importante otro matiz que inspira a contrario el comprensible aburrimiento del consumista saciado. Tiene que ver con autenticidad y filosofía... Apoyándose en la convicción de que en el palacio de cristal había de llevar al desenmascaramiento psíquico de sus habitantes, de que la relajación tiene como consecuencia necesaria la liberación de lo malo en el ser humano que, en el clima de comodidad universal, sale a la luz como libertad trivial para el mal como puro antojo o destrucción errática sin motivo específico: ausencia ineludible de toda convicción válida de un existente aburrido sin retos. La tarea del filósofo sería romper el techo de cristal sobre la propia cabeza para volver a acercar a los individuos inmediatamente a lo inconmensurable"
El estrés no es sólo el polo opuesto del aburrimiento. No da tanto de sí en profundidad personal, pero sí en extensión porque es la base de sustento del sistema de mundo. A nivel general sale de las grandes acciones y entra en la era de los grandes temas. La política de temas y su circo de reuniones correspondiente sólo prosperan como producción de estrés global. Sus representantes negocian por la humanidad.
Este “palacio de cristal” tiene rasgos que lo caracterizan. Dos de ellos son el aburrimiento y estrés, En el palacio de cristal, reina un estado de ánimo crónicamente ambivalente, repartido entre dos tonos fundamentales de la existencia palaciega: aburrimiento y estrés, a partes iguales y complementarias. "El difuso aburrimiento, por una parte, el estrés inespecífico, por otra, constituyen los universales atmosféricos de la existencia en el invernadero.
El aburrimiento en el palacio de cristal hace que los nervios de sus habitantes sean fácilmente accesibles. Ello los hace dependientes, no sólo del consumismo de mercancías, sino también, puesto que siempre están esperando noticias de fuera, de la información. Incluso de aquella que favorece el terrorismo, dándole voz y permitiendo, así, que, por medio de invasiones mínimas, influya en el sistema social. Los programas paranoides de los ciudadanos del bienestar apremian a captar y amplificar las mínimas señales que demuestren la existencia de un enemigo externo, imposibilitando la única medida antiterror que garantizaría éxito: "el silencio total de los medios de comunicación sobre nuevos atentados que ponga distancia entre el golpe y su eco sensacionalista.
Es importante otro matiz que inspira a contrario el comprensible aburrimiento del consumista saciado. Tiene que ver con autenticidad y filosofía... Apoyándose en la convicción de que en el palacio de cristal había de llevar al desenmascaramiento psíquico de sus habitantes, de que la relajación tiene como consecuencia necesaria la liberación de lo malo en el ser humano que, en el clima de comodidad universal, sale a la luz como libertad trivial para el mal como puro antojo o destrucción errática sin motivo específico: ausencia ineludible de toda convicción válida de un existente aburrido sin retos. La tarea del filósofo sería romper el techo de cristal sobre la propia cabeza para volver a acercar a los individuos inmediatamente a lo inconmensurable"
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