Los Ciudadanos a Diario

Los diarios ciudadanos han llegado para ofrecer grandes oportunidades para la libertad de expresión. Montados en la tecnología de la época, constituyen una vitamina para el periodismo tradicional.Por Clemente Riedemann
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22 de Diciembre, 2009 08:12
Los diarios ciudadanos han llegado para ofrecer grandes oportunidades para la libertad de expresión. Montados en la tecnología de la época, constituyen una vitamina para el periodismo tradicional, que está bastante anquilosado en sus métodos y recluido en una ideología servil a los grupos de interés. Tienen la dinámica y la creatividad de lo impensado (sin línea editorial pre-establecida) de modo que cada edición, que es siempre un momento de suspenso y transitividad entre lo que fue y lo que está a punto de suceder, deviene en una holografía de la ciudad al momento en que se les consulta.
Por eso se tiene la sensación de que es uno y muchos posibles diarios a la vez. Esta percepción puede incomodar en un comienzo a quienes –como todos- hemos sido educados en un “cierto estilo”, en un determinado “punto de vista”, en un característico “lenguaje”. Los diarios ciudadanos, en virtud de la diversidad de estilos, puntos de vista y lenguajes, reportan siempre la impresión de movimiento, de algo que está siendo sólo en ese momento y que parece a punto de mudar de fisonomía.
Esto puede exasperar a los espíritus conservadores, aquellos que –como señalaba Jorge Luis Borges- entienden los periódicos como “una especie creada especialmente para el olvido”. Bueno, cabe señalar que el olvido aquí es menos veloz, por una parte debido a que lo anterior está siempre disponible como archivo; y, por otra, porque el devenir se presenta como una ráfaga continua de novedades que retroalimentan y transfiguran el presente, a veces de manera superficial, a veces hincando el diente en lo profundo y permanente de la vida de las comunidades. Quizás es lo mismo que ofrecen los diarios tradicionales, pero no caben dudas que mucho más a tono con velocidad y variabilidad de los tiempos presentes.
Lo interesante es que esa mudanza expresa la personalidad de la ciudad, el ritmo de la vida de sus comunidades, interpretado por la iniciativa y lenguaje de sus corresponsales, erguidos en portavoces “no oficiales” de la realidad.
Esta apariencia de “mosaico sin ton ni son” constituye uno de los mayores logros de este medio de comunicación y allí reside su riqueza. El lector puede participar en la construcción de su propia edición, en lugar de aceptar, a pies juntillas, las propuestas de un comité editorial. Tanto corresponsales como lectores tienen como contexto la diversidad, la convivencia con lo opuesto, lo distinto, lo variable. ¿No es acaso eso parte sustantiva de la democracia?
Pues –a mi me lo parece- los diarios ciudadanos pueden convertirse en instrumentos muy potentes para la renovación de ésta. La polifonía de la tradición, la modernidad, la posmodernidad y aún la sobremodernidad está aquí, conviviendo, en dosis distintas en cada edición, para poner a prueba la consistencia de las tendencias de nuestro carácter, de nuestras ideas y de nuestro espíritu.
Algo más. Los diarios ciudadanos son alegres, dicharacheros y juguetones, sin que ello signifique dejar de ser críticos, ilustrados, poéticos y problematizadores. Es decir, se parecen más a la personalidad espontánea de las comunidades y menos a una visión de éstas desde los dogmas religiosos, económicos o políticos. ¿Inquietante? No cabe duda. Así es la libertad de expresión.

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Un Comentario

Imagen de Sandra Orellana Figueroa

Pero, ¿no son estos medios

Pero, ¿no son estos medios tan vulnerables como los otros -aunque de formas menos elaboradas y concertadas- a convertirse en instrumentos de quienes los alimentan?

Y, por otro lado, ¿por qué debemos asumir automáticamente que un medio ciudadano carece de línea editorial y que ésta no se ajusta, con tanta parcialidad como la de los medios convencionales, a los intereses de su propietario?

El Repuertero, de hecho, tiene normas que pasa a llevar todo el tiempo y es inevitable preguntarse por qué.

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