Puerto Montt en la jaula del Salmón. Reflexiones de un Recienvenido

La ciudad del desamor y la inocencia, capital nacional de la nostalgia, muy bien interpretada por los Iracundos, quedó transformada con la crisis del Salmón.Por Danilo Vega
Imagen de Danilo Vega
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08 de Diciembre, 2009 08:12
Un colectivero asediado por el sudor, los peatones y el frío. Un colectivero que surca la Diego Portales, Egaña y que en medio de los semáforos se detiene a putear y ser puteado de ventanilla a ventanilla. A punta de chuchadas, los modelitos groseros del crecimiento económico, logran sacarle de quicio y sale de su auto dispuesto a batirse en un duelo esporádico, de semáforo, con una madre que huye despavorida. Nuestro antihéroe del tráfico vehicular, no abandona su rudeza y corre tras la chantada que da la 4x4 lanzando piedras, más groserías que se pierden entre la respiración entrecortada, la pequeña corrida y el vulgo urbano que le recrimina modales.
La anterior postal sucedió, no se cuando, pero sucedió. En medio del despelote vehicular, el peak de un día cualquiera. A este sujeto le tocó ser la encarnación del desenfado con la vida en la ciudad, con la vida en Puerto Montt.
Mientras lo veía rabiar desde la vereda y volver a meterse en su vehiculo lleno de pasajeros algo asustados, recordé la imagen de ese Puerto Montt mítico, perdido, uno que al parecer se extravió entre la voluntad de crecer como los otros, como un Niuyork anhelante montado en la industria del Salmón. Si hasta el mismo Intendente Sergio Galilea lo manifestó en su momento mencionando que va a ser difícil volver al ritmo anterior, “pasamos desde una economía parecida al feudalismo a un capitalismo feroz en poquísimo tiempo”. En ese proceso se perdieron los semibosques urbanos, los paraguas de alerce, la punta de una línea de trenes que llegaba literalmente a los mares del sur. El resto es historia, miles de inmigrantes nacionales y extranjeros se sumaron a la población, los habitantes se volvieron más hoscos, más desconfiados y celosos. ¿Dónde quedó la convivencia pública? Probablemente almacenada en un no lugar, en plazas cada vez más virtuales.
El crecimiento pasó la cuenta y así como rápido fue su asenso, lleno de anchos autos último modelo, cosmopolitismo, tecnología, modernos malls y grandes departamentos, la crisis ha sido violenta, con una convivencia que se vuelve cada vez más agobiante y privada. Miles de inmigrantes al estilo de una urbe mundial se mueven por una ciudad cada vez más estandarizada, que año a año tiene que recordar sus costumbres con un circuito veraniego y un Angelmó que bulle en historia y canto, pero que luce ciertamente abandonado a mano de los rapiñeros.
La paisanada cesante y la historia en el bolsillo
El crecimiento pasó la cuenta y The Tenglo Island quiere su propia estatua a la manera de Liberty Island, con un Juan Pablo II dirigiendo el dedo a lo alto en la Bahía. Se olvidó al parecer la propia historia, el recuerdo de los conchales milenarios que ahora lucen marcados con hitos de bronce apercancados en la isla, llenos de empaques de dulces, confort y grietas, modernos basureros aldeanos. ¿Será que la historia y la memoria nunca ha sido un buen caldo para cocinar economías?
Los cesantes rutinarios renuevan su marcha a la sombra de las nubes, no quieren perderse entre la lluvia y los paraguas, quieren ser vistos. “Somos cerca de 20 mil, todos agrupados en la Fetrainpes (Federación de Trabajadores de industrias pesqueras)”, según Ricardo Casas. Me cuentan que hasta el momento son conocidos con un montón de nombres a lo largo de la marcha: Los morosos, los flojos, los poco ocurrentes, los capacitados, los ninguneados, los protestantes, los Inconformistas. El asunto es que desde hace unos tres años comenzaron los despidos masivos y las soluciones hacen ascuas entre esta parte de la población cada vez más endeudada, una ex directa de esta bestia mitológica moderna, mitad pez-mitad hombre.
Corríjanme si me equivoco, puede que esto sea sólo una lata, reflexiones inútiles de un recienvenido (parafraseando a Macedonio Fernández), pero ¿Será esta ciudad así de inclemente con toda la población? O la locura le da sólo a algunos y la desesperación es privilegio de alguna clase o grupo en particular. En el camino de una ciudad signada como la esperanza verde de la Patagonia ¿Qué fue lo que se extravió? ¿Qué se dejó de lado con las alucinaciones de bonanza económica?

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Un Comentario

Imagen de Luis Felipe Zúñiga

La brecha entre realidad y

La brecha entre realidad y expectativa generan la enfermedad del animo, de la esperanza, el pesimismo, y en otros simplemente una suerte de locura temporal por llenar ese vacio con expansion del ego, sobreviene entonces la arrogancia.

Y cuando los arrogantes rugen, los debiles y pesimistas sufren, se genera entonces una desigualdad de caracteres impactantes, un abuso de poder, un garabato desmedido, un dardo venenoso en la conviviencia cotidiana.

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