Día del Padre en El Repuertero: Noticias de mi progenitor
La última vez que vi a mi padre con vida fue en el hospital John Kennedy de Valdivia. Los militares me permitieron ir a verle en su lecho de agónico. Por Clemente Riedemann
Leído 937 veces
Escrito por Clemente Riedemann
Mi padre murió a fines de enero de 1974 cuando yo – que entonces tenía 19 años- me encontraba prisionero de los militares golpistas. Por la circunstancia de tener el mismo nombre, cuando salí de prisión tuve la amarga experiencia de aterrorizar con mi presencia a algunas personas que creían que era yo quien había muerto. “Le ocurrió a mi padre”, debía corregirles.
Mi padre había aprendido su profesión de mecánico de automóviles durante el servicio militar, en los ferrocarriles de San Bernardo. Siempre llegaba a casa con las manos manchadas con aceite de motor y el penetrante olor de la gasolina que emanaba de su overol.
Entraba por la puerta de la cocina de la casa con su jockey mugroso y ½ kilo de chuletas envueltas en papel de periódico, el que traía apegado al pecho, como un pequeño tesoro gastronómico.
Mi padre fue el menor de ocho hermanos. De niño esto no le reportó ningún privilegio. Cuando mi abuelo trepaba a su caballo para salir a recorrer el campo, él debía ir delante abriendo las trancas, de tal modo que éstas siempre estuvieran ya expeditas. Si se retrasaba y mi abuelo debía interrumpir, aunque sea sólo por unos segundos el ritmo del paso del caballo, mi padre recibía un par de estimulantes rebencazos.
En su hogar paterno sus hermanos le dieron el apodo de “Bengel”, que en alemán significa “pilluelo”. De mayor mis primos le llamaban “Onkel Bengel”. Debido a su preferencia por las chuletas de carne rebosadas en pan, adquirió el hábito de llevar una de ellas al colegio, por lo que sus compañeros acabaron llamándole “El Chuleta”. Con los años, también yo recibí el beneficio de aquel sobrenombre. Los amigos de mi padre solían saludarme con un cariñoso “¡Hola Chuletita!”
Sin embargo, su suerte cambió en la adolescencia. Mi padre fue el único entre sus hermanos a quien mi abuelo consintió en educarlo en las artes del baile, el protocolo y la relación social.
Al licenciarse del servicio militar, mi padre decidió que no sería campesino como el resto de sus hermanos y que la mecánica automotriz y la cultura urbana serían el ámbito en que forjaría su existencia. Luego de trabajar un tiempo como minero en Mariquina, instaló un taller mecánico en Collico, a orillas del río Calle Calle.

A comienzos de los 50´s se casó con mi madre, a quien había conocido en la Clínica Alemana durante los años de la guerra, cuando él fue allí para visitar a su padre que se encontraba enfermo. Tuvieron tres hijos, de los cuales fui el segundo.
Mi padre fue bombero desde muy joven y era el encargado de conducir el carro de la compañía, cuestión que a mi me llenaba de orgullo.
Luego se hizo miembro de un club de tiro, además de dedicar los fines de semana a la caza y la pesca. Le acompañé muchas veces en esas jornadas, a las que yo concurría con la certidumbre del terror o del tedio.
En un comienzo me costaba entender que mi padre pudiese, lo mismo estar enfrascado febrilmente en la inútil lucha por poner más balas en el blanco, en medio de un estruendo terrible, que aguardar varias horas inmerso en un silencio total a que un pez acertase en morder la lombriz del anzuelo.
El decía que esas eran actividades sólo para hombres y que las experiencias de competir, junto con la de saber esperar, ayudaban a formar el carácter.
Mi padre estaba siempre al tanto de los cambios tecnológicos y procuraba –a veces con cargo a su propia inventiva- de adaptarlos al ámbito doméstico y al de su trabajo en el garage.
No me cabe dudas que él estaba más interesado en la dinámica mental que le demandaba su trabajo, que en las recompensas que pudiese obtener con su ejercicio.
A mediados de los años cincuenta, mi padre adquirió un bus para el transporte de pasajeros intraurbano. Era una carcacha enorme, cuadrada y ñata, que la gente llamaba La Fay-Fay. Mi padre fue dirigente nacional de los microbuseros y enfrentó una huelga del servicio durante el gobierno de Ibañez.
Pero luego abandonó la actividad gremial y se dedicó por completo a su garage. Fue un mecánico notable
. En su taller se construyó, en Valdivia, la primera carrocería metálica para bus de pasajeros. Podía pasarse toda la noche trabajando por poner un motor a punto, sólo por la satisfacción de verle funcionar como era debido y por cumplir con aquellos a quienes había dado su palabra.
En el verano del 73 mi padre me conminó a abandonar la casa. Él estaba vinculado al mundo empresarial de los camioneros y había sido advertido que la CIA apoyaría la parte final del plan para derribar al gobierno de Allende. Mientras bebía una taza de té, me dijo:
“Quiero pedirte que te vayas de la casa. Vienen días duros y no quiero que pongas en peligro a la familia”.
Ambos nos miramos con tristeza. Creo que él y yo sabíamos que algo perverso, superior a nosotros, se había instalado en el país y que no había manera de detenerlo. “Está bien”, le dije, e inicié mis preparativos para marcharme. Mi madre sollozaba en la cocina. Era duro irse en esas circunstancias. Pero lo hice.
No tengo dudas que fue una de las decisiones más estúpidas que he tomado en mi vida.
Nos torturaron juntos. A él primero y después a mí. Nos trataron como si fuésemos judíos en Auswitchz. Recuerdo que me esforzaba por aparecer fuerte delante de él, pero como si se tratase de una escena sobre la cual pudiésemos comentar distendidamente después, en torno a una barbacoa, celebrando el Día del Padre.
Gracias a mi padre, nuestra casa fue una de las primeras que contaron con televisión en el barrio. “Esta es la radio del futuro”, decía él en 1967.
La casa se abarrotaba de vecinos para ver las peleas de Muhammad Alí. El los acogía sin hacerse ningún problema y además proveía a la concurrencia con una chuica de vino. Yo creía que así era la vida, que había que ser así en la vida. Después me di cuenta que mi padre era un tipo extraordinario.
Minutos después del terremoto de 1960, le oí decir: “Ya no habrá otro como éste hasta dentro de catorce años”. Fue entonces cuando él murió.
Para el “Riñihuazo”, que sucedió al terremoto, fue el único vecino que se negó a abandonar su casa. Cuando el agua se metió dentro del primer piso, hasta alcanzar 1,80 metros de altura, mi padre se trasladó a la planta alta.
“Alemán loco se niega a abandonar su casa”, decía un repórter del periodista Mario Gómez López. Mi padre abrió un forado en el alero y amarró allí un bote, por si sus pronósticos resultaran fallidos. Según él, tenía información que le permitía asegurar que el agua no sobrepasaría ese nivel. Así ocurrió, efectivamente.
A veces, cuando me enfrento al dilema de tener que resolver algún asunto complicado, me pregunto:” ¿Qué pensaría mi padre cuando estaba con el agua pisándole los talones? ¿Cómo podía dormir en esas circunstancias?” Entonces, todas mis angustias me parecen ridículas.
Durante el último mes de su vida, tuve oportunidad de colaborar estrechamente con él. Aunque estaba debilitado, continuaba trabajando en su taller. Entonces, conversamos y pudimos perdonamos mutuamente.
Mi padre creía que la verdad del ser humano se pone a prueba en el trabajo. “No importa lo que uno haga, sino lo bien que uno lo haga”
. Pensaba que las cosas tienen un modo único y natural de establecerse en el mundo. Según él, descubrir ese modo se conseguía a través de la observación directa de la realidad. Le recuerdo poniendo la oreja al sonido de un motor, para reconocer qué era lo que estaba fallando.
Era un gran lector de periódicos y revistas. Una vez por semana llegaba con un cargamento de revistas y era un día de felicidad para todos. Nunca permitía que las leyésemos sin haberlo hecho él antes y nos las iba liberando de una en una. También compraba novelitas del oeste y policiales. Fue mi primera biblioteca.
La última vez que vi a mi padre con vida fue en el hospital John Kennedy de Valdivia. Los militares me permitieron ir a verle en su lecho de agónico. Estaba muy delgado y lleno de tubos por todas partes. En cuanto le ví, supe que se moría en breve. El se dio cuenta de lo que estaba pensando. “Quédate tranquilo – le dije- Yo saldré libre y cuidaré de tu familia”.
12 Comentarios
Pamela Matus:
Publicado en: Domingo 15 de Junio 2008 07:23:31 PM
Estimado Clemente:Una vez más un gusto tenerte en nuestro diario.
Me pareció una reflexión maravillosa, muy sincera y sencilla.
La historia que acabas de compartir con nosotros, es necesaria para un día como este.
Gracias por hacernos parte de tu historia.
Saludos fraternos
Natalia Herrera:
Publicado en: Domingo 15 de Junio 2008 07:30:13 PM
Tengo el agrado gracias a Dios como tu Clemente de tener un padre al cual idolatramos, y creo que muchos de nosotros tambien tenemos historias que nos llenan de orgullo sobre nuestros padres. Te felicito por el gesto de escribir esta breve historia biografica y hacernos reflexionar de los detalles de la vida, de las palabras sabias que nos entregan ellos y que aun que pasa el tiempo jamas se nos borran, porque no van grabadas en la mente sino en el corazónPatricio Ojeda:
Publicado en: Domingo 15 de Junio 2008 07:41:52 PM
Gracias por escribir esta historia, nos hace pensar un poco, no necesariamente sobre los padres sino sobre todos los que tenemos a nuestro lado y no valoramos como se merecen, por que tal vez estamos inmersos un nuestras propias preocupaciones y problemas...Tal vez puedan ser dias comerciales , pero sin duda nos ayudan un poquito a detenernos y nos invitan a pensar, reflexionar y respirar profundo mirando a nuestros seres queridos
Claudia Vargas:
Publicado en: Domingo 15 de Junio 2008 08:02:21 PM
Me parece muy conmovedora la historia. Con Historias asi dan ganas de ver la vida con otros ojos, y darse cuenta que tenerlo todo no es lo mas llenador, como tener a la familia unida, sobre todo a los padres con uno.Juan Carlos Castaing:
Publicado en: Domingo 15 de Junio 2008 08:18:30 PM
Send Me A Voice Comment! | Copy This
Soledad Barria Rauque:
Publicado en: Domingo 15 de Junio 2008 09:50:51 PM
Gracias Clemente por regalarnos esos recuerdos tan tuyos, se que por mucho tiempo te negabas hablar de ello..ayy, son tantos recuerdos hermosos que guardo en mi corazón a pesar del tiempo... por no decir años querido Clemente recibe un abrazo gigante de Soledad tu amiga y alumna del taller la luna
Leticia Virot:
Publicado en: Lunes 16 de Junio 2008 02:42:42 AM
Clemente:-Es una bendición tener al padre vivo, y disfrutarlo, mostrarle los nietos y verle la cara de chochera, no todos o todas tenemos ese privilegio, algunos no. Solo nos quedan esos recuerdos que tan bien relatas Clemente, esos olores, esas miradas y sensaciones que nos conectan con ese hombre que vimos gigante y en mi caso nunca sobrepase en tamaño de ningún tipo medible.
Es doloroso no tener a tu padre, perderlo desde tan joven, lo se lo perdí a los 17, es doloroso mas si no pudiste despedirte y es una muerte inesperada, te quedas con penitas en tu corazón…En tu caso dolor y hasta impotencia si estas privado de libertad de poder estar a su lado en su lecho de muerte, en las circunstancias que tu relatas
Uno entiende eso sobre todo cuando se es padre o madre, y te das cuenta de lo tan inmensamente importante que es uno para sus hijos.
En que creo yo, en la fuerza de amor, la inextinguible fuerza del amor, no me cabe duda que El te mira y desde allí, dice cuán padre chocho ese es mi HIJO.
Un abrazo
Juan:
Publicado en: Lunes 16 de Junio 2008 10:25:02 AM
Hermoso homenaje. Felicitaciones Sr.Riedemann.Miguel Angel Mansilla Loncomilla:
Publicado en: Miércoles 18 de Junio 2008 12:54:35 PM
Una vez mas te felicito por la nota...Egor Mardones:
Publicado en: Miércoles 18 de Junio 2008 01:35:28 PM
Gracias por hacerme partícipe de la lectura del repuertero. Me hizo acordarme de mi padre y, claro, hay coincidencias: los libros en casa, el respeto por el trabajo bien hecho, la estrictez, los momentos de distanciamiento, etc. Un abrazo. Egor.Cristián Vila Riquelme:
Publicado en: Jueves 19 de Junio 2008 08:41:43 PM
caro amigo:estremecedor y, tal vez por eso, muy bello, tu testimonio. Tenemos que reanudar un diálogo interrumpido en la perdida Punta Arenas ¿en Puerto Montt, en Valdivia, en Caleta Horcón? Tú dirás, caro amigo y caro poetaso. Salut et forca als canut!
Vila
Raúl Palma Larrea:
Publicado en: Viernes 27 de Junio 2008 08:49:01 AM
Gracias Clemente,Gran experiencia de lectura.
Un abrazo,
r.
Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de los ciudadanos que los emiten (con nombre, sin pseudónimos). Cualquier opinión que contenga insultos, injurias y/o calumnias no pasará el filtro de moderación.
Más información en Normas de Uso para Comentarios.
Publica un Comentario